Los seres humanos desde que
nacemos tenemos la necesidad de jugar. Aprendemos la realidad en la experiencia
y el juego. Las principales ocupaciones
de la convivencia están impregnadas de juego. Jugar es parte de nuestra naturaleza vital.
Los juegos son escenarios donde se representa la vida. Jugando, podemos
ser padres y madres, viajeros, soldados y guerreros, podemos vivir situaciones
existenciales relacionadas con el amor, el éxito, el trabajo, el odio y la
muerte. En el juego todo es posible, a partir de una simple disposición mental
y corporal podemos ser y hacer lo que deseemos.
El juego se practica a lo largo de toda la vida. A medida que crecemos
adquiere diferentes formas: desde los primeros movimientos y balbuceos del bebé
hasta los juegos más elaborados y desarrollados de los adultos, que en muchos
casos alcanzan altos grados de complejidad.
Los juegos informáticos de
estrategia y otros simuladores de sistemas (empresariales, deportivos,
administrativos, etc.) dan respuesta a la necesidad de jugar que tenemos los
adultos. Se trata de juegos complejos que representan micromundos ficcionales,
cerrados y convencionales en los que hay poco o ningún lugar para el azar.
Universos sin imprevistos que responden a parámetros preestablecidos por el
programa informático, en los que el
devenir depende exclusivamente, al menos en apariencia, de las decisiones tomadas por los jugadores,
cada uno de ellos pretendido amo y señor de su destino. Para ello, quienes
participan de la partida deben poner a prueba su inteligencia y su capacidad
estratégica, en esto reside el mayor atractivo de estos juegos y explica, en
gran medida, su popularidad entre los
adultos con formación universitaria.
Detrás de la pantalla, como en
todo juego informático, siempre queda una duda. ¿El jugador controla la acción
del juego o, por el contrario es una marioneta controlada por el programa
informático que regula el juego?